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La noche no tanto un período de tiempo como un cúmulo de sensaciones.

Suavemente se desliza, escala el cielo, lo atrapa y la delata su oscuro aliento. De la mano, la noche te lleva al dormitorio y te desnuda y te despoja de toda la parafernalia. En su luz tímida, a veces inexistente, eres tú, el único, el inigualable tú.

Satisfecho te envuelves en la túnica blanca de César de aquel imperio escondido de Morfeo. Y siente tu piel el roce y luego la caricia. Es la tela la que transporta las sensaciones de tus sentidos cuando caen tus miembros como pesos muertos.

Y en tu trono yacente escuchas los sonidos del silencio, la noche te los revela, es una buena amante y mejor consejera.

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Una herida en la boca es un fastidio. Simplemente está ahí, molestando y aparentemente no hay nada que puedas hacer.

Esperas. Tanteas con la lengua la herida y  obtienes cierto alivio momentáneo. Quizá una sádica satisfacción por el dolor controlado.

Quitas la lengua y sigue la herida. No sabes ni cómo te la has hecho, pero ahí está y joder si molesta.

Toda la tarde con la puñetera herida en la boca. Te molesta lo suficiente como para saber que esta ahí, pero no tanto como para buscarle una solución real.

Te acuestas y ya mañana te levantas y sabes que ni la recordarás.

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Hay días que me odio y días que me quiero con locura. En ocasiones parecen coincidir en el mismo instante, la brecha que los separa es pequeña.

Demasiado pequeña.

Tan pequeña que la tristeza te coge por sorpresa y la angustia parece no querer soltarte. Tan pequeña que de repente sientes que no sabes vivir de otra manera. No sabes vivir sin miedo, sin lágrimas queriendo salir de tus entrañas. Recuerdas todo lo malo y empequeñeces todo lo bueno, lo bonito y lo hermoso.

A veces la brecha es suficientemente pequeña. Lo necesario para salvarte.

El pequeño gesto esperanzador, la mano tendida casi por accidente, te alzan como si fueras una pluma.

Qué triste que tan pocas veces pueda sentirme pluma, que tenga que depender de una yo sin fuerzas y escalar, a veces no sé cómo, las paredes de un pozo que me dicen que yo misma he construido.

Pero con qué piedras. Con qué cemento.

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Búscame.

Búscame todos los días y cada una de sus noches.

Y no temas encontrarme.

Búscame con la curiosidad en la mirada. Búscame en los trozos de espejo roto y en los platos con flores dibujadas. Búscame en el pasado, en el tiempo que ya no existe, no me busques ahora, ahora no me encuentro. Búscame en el futuro, en tus metas y en tus sueños, no me busques ahora, ahora no existo.

Y al final de tu búsqueda, cuando no me hayas encontrado, recuerda que sólo el que me necesita me encuentra, pero que quién me encuentra ya no me necesita.

Búscame.

Búscame, te lo ruego.

Tan sólo búscame, que cuando me busques existiré.