Los fuegos que se ven entre las siluetas nocturnas de las palmeras son unas de mis visiones favoritas del fin de año. Hacía ya un par que no pasábamos la noche allí, pero para mí es como si nunca hubiera dejado de ver aquella escena.

Recuerdo cuando era niña y subíamos a la azotea. Veíamos fuegos grandes y cercanos y luego aquellos, a un lado, medio tapados por las palmeras.

Nunca un árbol me pareció tan bonito como la noche que me di cuenta de aquello.

Parecía que estaba en otro lugar, en algún momento de una peli de aventuras, de esas ubicadas en un país lejano…

Y era aquella azotea, la misma de siempre, y lo único que allí había nuevo era el año.

Su magia estaba en mi cabeza.

Allí permanece.

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¿Os vais a quedar las botas?

La compañía miró la escena. Habían ido a desbotar al gigante, lo que al principio les pareció una buenísima idea, pero una vez realizada la hazaña, nadie quería la recompensa de aquella gesta.

Es que huelen muy mal…

Quedarían enormes en mis pequeños pies…

Pues vaya aventura, colegas.

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La noche no tanto un período de tiempo como un cúmulo de sensaciones.

Suavemente se desliza, escala el cielo, lo atrapa y la delata su oscuro aliento. De la mano, la noche te lleva al dormitorio y te desnuda y te despoja de toda la parafernalia. En su luz tímida, a veces inexistente, eres tú, el único, el inigualable tú.

Satisfecho te envuelves en la túnica blanca de César de aquel imperio escondido de Morfeo. Y siente tu piel el roce y luego la caricia. Es la tela la que transporta las sensaciones de tus sentidos cuando caen tus miembros como pesos muertos.

Y en tu trono yacente escuchas los sonidos del silencio, la noche te los revela, es una buena amante y mejor consejera.

Hoy bajamos a la playa.

Hoy, 1 de agosto, hemos bajado a la playa.

Ha bajado a la playa una mujer de mediana edad, “con unos kilos de más” y un bikini revelador.

Ha bajado a la playa la abuela, con un sombrero monísimo de flores y la piel de los brazos colgando.

Ha bajado la niña chica con toda la panzota al aire.

Ha bajado la tía con ese bikini de horrendo estampado y un bolso gigante con todo lo necesario para pasar un día increíble en la playa.

He bajado yo, con mis pelos y estrías y ha bajado una mujer de esas que salen en las revistas.

Hemos bajado todas y cada una de nosotras. Hemos bajado con todos nuestros “de más” y “de menos” y ha habido sitio para todas.

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Una herida en la boca es un fastidio. Simplemente está ahí, molestando y aparentemente no hay nada que puedas hacer.

Esperas. Tanteas con la lengua la herida y  obtienes cierto alivio momentáneo. Quizá una sádica satisfacción por el dolor controlado.

Quitas la lengua y sigue la herida. No sabes ni cómo te la has hecho, pero ahí está y joder si molesta.

Toda la tarde con la puñetera herida en la boca. Te molesta lo suficiente como para saber que esta ahí, pero no tanto como para buscarle una solución real.

Te acuestas y ya mañana te levantas y sabes que ni la recordarás.

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Hay días que me odio y días que me quiero con locura. En ocasiones parecen coincidir en el mismo instante, la brecha que los separa es pequeña.

Demasiado pequeña.

Tan pequeña que la tristeza te coge por sorpresa y la angustia parece no querer soltarte. Tan pequeña que de repente sientes que no sabes vivir de otra manera. No sabes vivir sin miedo, sin lágrimas queriendo salir de tus entrañas. Recuerdas todo lo malo y empequeñeces todo lo bueno, lo bonito y lo hermoso.

A veces la brecha es suficientemente pequeña. Lo necesario para salvarte.

El pequeño gesto esperanzador, la mano tendida casi por accidente, te alzan como si fueras una pluma.

Qué triste que tan pocas veces pueda sentirme pluma, que tenga que depender de una yo sin fuerzas y escalar, a veces no sé cómo, las paredes de un pozo que me dicen que yo misma he construido.

Pero con qué piedras. Con qué cemento.