Los fuegos que se ven entre las siluetas nocturnas de las palmeras son unas de mis visiones favoritas del fin de año. Hacía ya un par que no pasábamos la noche allí, pero para mí es como si nunca hubiera dejado de ver aquella escena.

Recuerdo cuando era niña y subíamos a la azotea. Veíamos fuegos grandes y cercanos y luego aquellos, a un lado, medio tapados por las palmeras.

Nunca un árbol me pareció tan bonito como la noche que me di cuenta de aquello.

Parecía que estaba en otro lugar, en algún momento de una peli de aventuras, de esas ubicadas en un país lejano…

Y era aquella azotea, la misma de siempre, y lo único que allí había nuevo era el año.

Su magia estaba en mi cabeza.

Allí permanece.

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