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Una herida en la boca es un fastidio. Simplemente está ahí, molestando y aparentemente no hay nada que puedas hacer.

Esperas. Tanteas con la lengua la herida y  obtienes cierto alivio momentáneo. Quizá una sádica satisfacción por el dolor controlado.

Quitas la lengua y sigue la herida. No sabes ni cómo te la has hecho, pero ahí está y joder si molesta.

Toda la tarde con la puñetera herida en la boca. Te molesta lo suficiente como para saber que esta ahí, pero no tanto como para buscarle una solución real.

Te acuestas y ya mañana te levantas y sabes que ni la recordarás.

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Hay días que me odio y días que me quiero con locura. En ocasiones parecen coincidir en el mismo instante, la brecha que los separa es pequeña.

Demasiado pequeña.

Tan pequeña que la tristeza te coge por sorpresa y la angustia parece no querer soltarte. Tan pequeña que de repente sientes que no sabes vivir de otra manera. No sabes vivir sin miedo, sin lágrimas queriendo salir de tus entrañas. Recuerdas todo lo malo y empequeñeces todo lo bueno, lo bonito y lo hermoso.

A veces la brecha es suficientemente pequeña. Lo necesario para salvarte.

El pequeño gesto esperanzador, la mano tendida casi por accidente, te alzan como si fueras una pluma.

Qué triste que tan pocas veces pueda sentirme pluma, que tenga que depender de una yo sin fuerzas y escalar, a veces no sé cómo, las paredes de un pozo que me dicen que yo misma he construido.

Pero con qué piedras. Con qué cemento.